Argentina, el destino y la Copa del Mundo

Argentina empieza ahí, en un corazón ofrecido sin garantías, en entregar la vida en cada juego. Porque eso es exactamente lo que pasa cada cuatro años: llega el Mundial y Argentina nos entrega, a todos, a los que estamos del otro lado de la pantalla, lo mejor de sí. No nos entrega una técnica, aunque la muestre. No nos entrega una estadística, aunque la logre. Nos entrega el alma, la vida.

Nada más puede darnos un país que ha fracasado en la economía hasta volver el fracaso un género literario. Un país que ha fracasado en los derechos humanos, que cargó dictadura y desaparecidos y una herida que todavía no cierra. Un país que ha fracasado hasta en caerle bien a otros países. Son tantas cosas que enumerarlas sería injusto y sería interminable, y sin embargo… cada vez que suena el himno de la albiceleste, ese país roto se vuelve, por noventa minutos, el lugar más entero del mundo.

Porque el fútbol en Argentina no se vive igual que en otros países. Es el alma de su gente entregándose por completo, sin reserva, sin cálculo, sin prudencia. Por eso no es un equipo, es una estrella o dos más un equipo, porque el argentino antes que ser jugador, antes que ser ciudadano, antes de nada, es individuo. Y quizá por eso, cuando llega el Mundial, la Argentina no parece entrar a la cancha como una nación organizada, sino como una suma desesperada de individualismos, de barrios, de familias, de amigos, de hijos, de padres, de voces sueltas que por fin encuentran una sola garganta.

Por eso Argentina va al Mundial a decir, con la voz quebrada: aquí se me va la vida. Va a probar, que todavía puede creer. Que todavía puede convertir su individualismo, su soberbia, su nostalgia y su herida en una sola fuerza colectiva. Argentina no juega solo para los argentinos. Juega para todos los que alguna vez necesitaron ver la materialización de que el resultado todavía podía torcerse, aunque sea a través de su personalidad desmesurada que compensa fracasos institucionales con épica, palabras, orgullo, talento y mito.

Por eso, cada juego se siente como parte del destino.

Es de esa entrega total, de esa necesidad de creer, que salen los genios. Sale Kempes y cambia la historia. Sale Maradona y cambia la historia. Sale Messi y cambia la historia. No aparecen porque Argentina sea una fábrica de talento. Aparecen porque un pueblo entero los necesitó tanto, los rogó tanto, los rezó tanto, que terminó pariéndolos. Y así, en medio de ese parto sufrido, los regala al mundo, porque Maradona no le pertenece solo a los argentinos. Maradona es napolitano. Maradona es mexicano. Maradona es colombiano. Maradona, Messi, elija el salvador de turno. Ese salvador que le pertenece a todos los que alguna vez en la vida necesitaron creer que bastaba el talento para vencer al orden, la grandeza, la potencia, la fuerza, el estado, la injusticia, el dinero, la constancia y le orden establecido. Algunas cosas buenas y algunas malas, pero todas son rotas por ese personaje. Y con el de la mano, entra la Argentina con sus partidas, con sus muertos, con sus canciones, con sus fantasmas, con sus abuelos que se fueron y nunca volvieron. Entra fracasada, y en ese fracaso habla casi sobrada porque solo con palabras puede ocultar su fracaso, y al final cae mal, cae mal que se crean tanto siendo tan poco. Hasta que la pelota rueda, y se les va la vida y entonces ese jardín seco se llena de destino y florece.

Brasil también gana, también deslumbra, también nos hace creer en algo. Pero en Brasil el destino queda tapado por el talento. Es tanto el talento, es tan desbordante, tan natural, que casi parece injusto. El brasileño juega como si Dios le debiera un favor y viniera a cobrarlo bailando. Argentina no. Argentina no se trata de talento. Argentina se trata de dar la vida. De sufrirla. De sudarla. De empuje. De entrañas. De rogarle a Dios una señal de que son sus hijos también, de que no todo es desgracia, de que no todo es sufrimiento.

Y Dios les responde.

De vez en cuando, casi cruelmente, les manda un solo genio en el grupo, uno, y que los otros diez salgan a puro amor, a pura garra, a puro dar la vida, a puras tripas, a romperse el cuerpo para que ese genio tenga dónde brillar. Porque él es la promesa cumplida de Dios, porque él es el recordatorio de que por ese tiempo, por esos minutos, Argentina no tiene que fingir ser el mejor, no tiene que escudarse en su personalidad insoportable. Cada jugador, cuando entra, no entra a jugar un partido. Entra a sostener una promesa casi divina. Entra cargando a todos los que sufren cantando. Entra a decirle al mundo, en nombre de un país que perdió casi todo lo demás: acá estamos, y aquí va nuestra vida.